LA ANIMACIÓN ESTÁTICA
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Manège
ø 100 cm - 2006 |
Algo se mueve cuando las formas están quietas.
(En realidad las formas siempre permanecen, quietas, en su mundo de pertenencia. Digo esto pensando en que no sucede la misma permanencia para las fotografías o el cine, que para un objeto cerámico o un dibujo. Su mundo de pertenencia, su mundo distinto, su otro mundo: donde cada cual se inmoviliza a su modo, y se eterniza).
Algunas veces las formas, decía, se detienen tan abruptamente que parecen indicarnos que moverse, con anterioridad , antiguamente, fue lo significativo; una señal que debemos advertir, porque moverse del modo en que se han movido ha sido descaradamente intencional.
Descarado y fugaz movimiento, frágil, tenue, una resonancia casi, que inaugura lo que presentimos siempre ante una obra: un encadenamiento narrativo. O sea, confirmar: aquí se quiso contar algo.
Sólo supuestos, intuiciones, suspicacias o malos entendidos, pues todo narrador tiende los hilos de su trama, siempre, para que el origen del relato continúe hundido en el territorio, o el barro, de lo invisible, oscuro, ignorado. Para los otros y para sí.
Lo que se saca a la luz es para deslumbrar y enceguecer, como un rayo que no deja ver su origen.
Su origen, probablemente otro rayo. Y luego otro, y otro, y otro.
Polifonías del sentido que se compactan en una presencia enigmática, hierática, resistente a las explicaciones.
Como un presente que puro presente se entusiasma al encontrar la luz.
Pero el movimiento que vimos desplegarse, antes de ver lo que vemos, nos está hablando ya de lo que nos quiso contar el autor silencioso: pintar puede ser un agregar capas para descubrir lo que sucede detrás; un agregar para avanzar en el descubrimiento de un idioma del silencio; lo que un pliegue que se despliega oculta porque nos deja la fuerte ausencia de cualquier porqué.
Tal vez un hombre pinte para sólo tomar contacto con la fugacidad. Con toda la belleza y la totalidad de lo que no podremos ver.
Desplegar, convocar y dejar aparecer: cualquier verbo, cualquier gesto, que instaure lo inaugural como forma que se perpetúa, mientras se perpetúa como promesa también de lo real que todos soñamos en común, alguna vez, de algún modo.
Las obras de Octavio Blasi son así, como parodias de un instante perfecto. Como su relato, su recuerdo, su añoranza. O su premonición.
Tulio de Sagastizábal
Buenos Aires, junio de 2007 |